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Miguel Angel Zamora | 14/02/2018. Diario de León

Lo mejor de los antruejos de la provincia sale a la calle en la capital a pesar de las condiciones de la meteorología; los caretos de Villalfeide, Pozos de Cabrera y Santa Olaja de Eslonza debutan con buena imagen.

Se presentó la lluvia pero no fue suficiente argumento para poder con las gentes de la provincia y el Carnaval, que hoy toca a fin, tuvo feliz principio cuando se dio la orden de salida, que por momentos hubo temor de que la cita la arruinaran las nubes. Las mismas que por la mañana habían dejado nieve. Las que por la tarde regaron la orilla del Bernesga.

Siete minutos de retraso acumuló solamente la orden de partida. Policía Local y Protección Civil formaron parte resignada del cortejo, que abrieron los zafarrones de Omaña, llegados desde Riello, con ganas de provocar el buen humor a los dos lados de las aceras de Sáez de Miera, pertrechados en la dulzaina y el tamboril y con el sonido del cencerro marcando el compás del camino. Aperos de labranza y vacas simuladas en el cuerpo, que no en los cuernos, fueron abriendo el camino en el desfile.

El Antruido de Riaño trajo a la capital las antorchas cuando ya caía la noche y las máscaras de saco, el oso, la vieja y la vaca y las vejigas con las que los mozos golpearon a los curiosos que se apostaron en las aceras (en menor número que el año pasado, en bastante mayor de lo que la meteorología hacía presagiar) siguiendo el eterno juego de los sustos pactados. Santa Olaja de Eslonza puso luego los guirrios de su carnaval tradicional y los jurrus de Alija del Infantado, blancos casi impolutos con percusión incluida le fueron dando calor y color a la noche.

Villalfeide trajo sus caretos a remojar a la capital, con las figuras semi mitológicas que acompañan su desfilar abriendo las bocas y cerrando los ojos cuando tocó más de un amago de sobresalto. Fue luego la hora de los Campaneirus de La Cuesta, directamente llegados desde La Cabrera, impacientes por los alrededores del Palacio de Deportes minutos antes de debutar y dispuestos a saltar al asfalto de la ciudad en cuanto se dio la orden de partida. Trajeron a León las ramas de los arbolados terrenos de sus paisajes.

Desde Tremor de Arriba se hicieron ver y escuchar con Las Burras: «¡¡Burra, cantosa, marrana y asquerosa!!!», corearon sus integrantes antes de dejar paso a los Antruejos de Carrizo de la Ribera, cargados de colores blancos y de alusiones a los animales de la fauna leonesa, tan dada a este tipo de celebraciones tradicionales.

El Entroido Berciano abrió un abanico de colores en medio de los sonidos de las gaitas gallegas. Al estilo del serrín con el que se limpiaban los bares antaño, con el que se sacaba el exceso de agua en los portales, la comitiva fue lanzando bocanadas de humo simulado para algarabía de la concurrencia.

Al cierre de la comitiva se dispuso el postre, que deja el mejor gusto siempre. Velilla de la Reina guardó lo mejor de sus antruejos para el disfrute de los leoneses. Para cuando quisieron ponerse en marcha, los ropajes blancos ya eran una mezcla de almidón y agua. Parte de los aperos del desfile tuvieron la suerte de haber sido diseñados con cubierta. Otros, no tan afortunados, soportaron resignados el aguacero. A la altura de San Marcelo cada cual exhibió lo mejor de su repertorio y a la espera de que el año que viene haya más clemencia con los cielos, la hora del entierro de la sardina se abrió paso.