Toda la representación se desarrolla en un escenario magnífico, en la amplísima Plaza del Palacio de la localidad, presidida por Ayuntamiento al fondo, dos de sus laterales ocupados por casas porticadas y en dos esquinas opuestas el Castillo restaurado en buena parte, y la iglesia de San Verísimo. Ocupando buena parte del centro de la plaza se ha construido de forma permanente un poblado prehistórico, con cercado de postes de madera que cobija varias cabañas circulares de paredes de postes de madera y cubierta vegetal, varios postes totémicos, de los que cuelgan cráneos secos de diversos animales y pieles. Todos estos lugares intervienen como lugares de acción. Al terminar la representación, el Ayuntamiento invita a un refresco a todos los asistentes en los soportales del Consistorio.

El escenario está aparentemente desierto; tan sólo en un corral hay dos machos cabríos sesteando. De repente, de una de las cabañas emerge un personaje vestido de blanco y con fajín rojo. Su rostro, de tez oscura, de la que destacan unos ojos y una boca inyectados en sangre, sus cuernos y las pieles animalescas que cubren parte de su rostro y espalda, meten miedo y prueban su carácter no humano. Pronto empieza a emitir gritos guturales y con un mazo comienza a golpear el gong que cuelga de dos postes de madera. Es el Gran Jurru. El sonido metálico pronto atrae al poblado desde todas las esquinas de la plaza a más Jurrus, que amenazan con sus tenazas, y que pronto empiezan a encender hogueras. Han decidido incendiar la ciudad de Alixa.

El humo y los gritos han movilizado a la Mayorazga, que haciendo sonar un cuerno y llamando en todas las casas moviliza a todas las mujeres de Alixa. Doña Cuaresma, ante el desorden imperante en la ciudad, observa desde el campanario de la torre de San Verísimo y decide ayudar a las mujeres en la defensa de Alixa.

Baja desde su atalaya y, dirigiéndose al Ayuntamiento, enarbola el pendón municipal, convirtiéndose en abanderada de la defensa. Para ello, sube a las almenas del Ayuntamiento y lee el pregón de defensa, proponiendo como su adalid al Birria Mayor: “¡Villa de Alixa! He oído vuestros lamentos y vuestro clamoroso llanto y sé que el mal, encarnado en un temeroso Jurru, se ha desatado entre vosotros. Conozco que habéis implorado mi intercesión y ayuda desde el momento que esa malvada bestia acudió para invadir Alixa. Vengo por eso a vosotros acompañada de mi más fiel y valeroso guardián, el Birria Mayor y me comprometo ante vosotros a defender la villa. Leal y noble villa, arrojo sobre vosotros las cenizas ahuyentadoras del espíritu del mal y sabiendo que habéis sido siempre vasallos y servidores de la causa que represento que es el bien, dejo desde ahora organizada la defensa de esta villa, en la confianza de que los Birrias combatirán al Jurru hasta condenarlo a morir en la hoguera”.

Sobre las almenas se asoma ahora una figura gigantesca, también vestida de blanco. Su rostro, algo menos horroroso que el Jurru, no oculta su aspecto animalesco, subrayado por una cornamenta de ciervo, pero sobre su frente campea la cruz. Es el Birria Mayor. Ya sabe hablar, porque enseguida se dirige a los habitantes de Alixa: “Sabido tengo por mi dueña y excelsa señora Doña Cuaresma, cómo una bestia demoníaca y maligna, se ha sublevado contra esta muy noble y leal villa de Alixa, sembrando el terror y realizando todo tipo de desmanes y fechorías.

Sepan, pues, vuesas mercedes y todos los que la presente vieren y entendieren, como yo, el Birria Mayor, en otro tiempo poderosa y maligna bestia y ahora eternamente arrepentido tras cumplir larga condena, me comprometo por entero en cuerpo y alma, al servicio de mi dueña y excelsa señora Doña Cuaresma que me pide que actúe como la poderosa bestia que en otro tiempo fui, pero encarnando ahora el espíritu del bien y presentando batalla al temeroso Jurru, para liberar a esta villa de Alixa y sus moradores de la tremenda oleada de horrores que el Jurru ha desatado sobre vosotros. Y sepan cuantos la presente vieren y entendieren, como yo, Birria Mayor, en nombre de mi dueña y excelsa señora Doña Cuaresma os cito para la gran batalla contra los Jurrus que tendrá lugar esta tarde en la villa de Alixa y os doy la orden de caza y captura del Gran Jurru, al que, si los dioses nos resultan propicios en la batalla, prenderemos y condenaremos a la hoguera eterna.

Así lo firma y manda porque es menester, mi excelsa señora y dueña Doña Cuaresma. Dado en Alixa el día de Carnestolendas”. Baja el Birria Mayor de la muralla acompañado de otros dos Birrias y pronto empieza feroz batalla. Birrias contra Jurrus, trallas frente a tenazas articuladas, el Bien contra el Mal. La batalla es dura e incierta, pues el número de Jurrus sobrepasa al de Birrias. Entonces el Birria Mayor, aprovechándose de la soberbia del Gran Jurru, lo reta en combate personal. Penetran en el palenque de un extremo del poblado los dos. El combate es duro. Al final, el Gran Jurru muerde la arena y el Birria Mayor lo apresa. Los demás Jurrus se entregan también presos. Sobre una hoguera va a morir quemado el Gran Jurru (representado en un muñeco lleno de paja). Alixa ha quedado liberada. Impera la Cuaresma… y el Bien.

Lo que se ha hecho es una representación teatral fundiendo todas las tradiciones de los Jurrus y Birrias en una obra actual dentro de las eternas luchas entre Don Carnal, representado por los Jurrus, que encarnan todos los vicios y, por ende, la gula, y Doña Cuaresma, que simboliza el bien y las virtudes, recurriendo como brazo ejecutor a los Birrias, seres arrepentidos de sus faltas. Así mismo, ya indicábamos que no tenía que ver con la tradición local, en la que, además de Jurrus y Birrias, aparecían “antruejos”, como el Toro, tan afecto a las mascaradas leonesas, que se construía con dos varillas de las de cerner la harina, cuernos de vaca y una manta por encima, y el Torero, que le ayudaba con la aguijada a coger a las mozas, para que el Toro les levantara las faldas; o el Hombre de la Cernada, encargado de encenizar a todos; el Hombre de la Hierba, porque su redondez la conseguía rellenándose de ella; el Hombre del Incienso, que desprendía un olor infernal a azufre y ajos quemados; los Gitanos y un ciento de ellos más. Como conclusiones destacábamos la figura de los Jurrus, como seres no humanos, que aparecen en invierno y provocan el caos necesario de la oscuridad, para que su muerte devuelva el orden y la luz primaveral y, al mismo tiempo, libre del mal a la comunidad.

La representación que se ha venido representando desde el año 2000 hasta el 2010 es una recreación resumida y en forma teatral de la antigua tradición de los Jurrus, que se celebraba desde tiempo inmemorial juntamente con otros “antruejos”, también interesantes. En efecto, vemos en la tradición de Alija una continuidad de otros Antruejos leoneses y próximos al Órbigo, tales como Velilla, Sardonedo, Llamas de la Ribera o, incluso, como Riello, en la Omaña. En efecto, en estas localidades aparecen los Guirrios o los Zafarrones, similares a los Jurrus, a pesar de que los abanicos que lucen en sus máscaras los primeros les hagan parecer distintos. En todas estas localidades también surge la figura del Toro y del Torero, ahora perdidos en Alija. La representación teatral de Alija simboliza la eterna lucha entre el Bien y entre el Mal, con el triunfo del Bien y, algo muy importante para la mentalidad antigua, la expulsión o la destrucción del mal, mediante el sonido de cencerros y la quema del Gran Jurru, chivo expiatorio de cuanto de malo había en la localidad.