No queremos dar comienzo a este apartado sin recordar a varios vecinos, ya fallecidos, que en su día nos ayudaron, con su maña y testimonio, a recuperar nuestro antruejo: Dioniso Marcos y Miguel Magaz, a los que todos conocían como Blanquillo y Arriero. Allá por el año 1933, siendo adolescentes, salieron como guirrios y toros. También nos legaron sus conocimientos otros informantes que ya no se encuentran entre nosotros: Tomás Gutiérrez “Mayo”, Bernardo Llamas “Pardal”, y Ángel Llamas “Pavina”.
A día de hoy también consultamos dudas a varias personas mayores, entre ellas José Marcos “Pepe Cenón” y Luis Muñiz “Sito Pernillas”.Gracias a todos ellos.

Guirrios: los jóvenes de la localidad se visten de este personaje que, al igual que el toro, es ritual. Sus movimientos y maneras siguen un canon preestablecido. Intentan no ser reconocidos por sus familiares y en vez de hablar profieren unos “jú-jú-jús” muy característicos. Corren, se detienen y dan tres o cuatro saltitos para que se abran sus abanicos, y vuelven a dar una pequeña carrera para jugar con la gente y con el toro, empleando para ello sus tenazas de madera y su vejiga inflada como un globo. Cada cierto tiempo se paran otra vez, saltan y ondean los abanicos de su mázcara, haciendo sonar las esquilas del cinto.
La base de su vestimenta es la misma que llevaban los mozos el viernes: camisa y calzón blanco en lino o lienzo, faja a la cintura, colonias o cintas de seda cruzadas al pecho. También llevan unas abarcas de piel de vacuno, confeccionadas por ellos mismos al modo tradicional de Carrizo, además de cinturones con esquilas (cintos a capricho) o cencerros (collaradas de trabajo).

El elemento más llamativo es su tocado. Se trata de un cucurucho llamado mázcara, hecho de cartón de entre 75 y 85 cm de longitud de la talla de la cabeza de quien lo porta. El ornamento es siempre de tiras de papel de seda de diversos colores. Lleva tres abanicos laterales y uno en el vértice superior rematando el cono.
Los abanicos suelen ser de fondo blanco con tiras también multicolores en cada uno de los pliegues. A veces consta de otros abanicos diminutos como ornamentos combinados con las tiras. Alrededor de toda la base cuenta con un cerramiento de flecos de hilo de lino en color blanco.
El rostro va abierto en forma cuadrangular y cubierto por una malla fina para evitar un reconocimiento fácil.
Bajo la mázcara, llevan pañuelo blanco en forma de cinta en torno a la frente.

El Toro: está compuesto por un armazón de listones de madera y costillas de mimbre cubiertos con una sábana blanca. Lleva una cabeza con cuernos de vaca o toro. Sus facciones son las que traiga la propia testuz o piel que la recubre, sin apenas alteraciones, o bien, se confecciona con una tabla que se colorea al modo que nos han transmitido los informantes que antes hemos mencionado. Es conducido por un mozo que va con la misma indumentaria que el guirrio con la salvedad que no lleva ni mázcara ni cinto.

La Gomia: personaje ancestral cuya cabeza es un cráneo de burro o caballo. El cuerpo es un armazón de madera y mimbres, cubierto por una tela estampada. Sus mandíbulas son articuladas, de tal modo que el mozo que lo porta, con movimientos lentos y parsimoniosos, intenta robar los sombreros de los hombres de un bocado, y tal vez, colocarlos sobre la cabeza de otro.

El hombre de la cancilla: se trata de un grupo de chicos que portan la cancela o cancilla de cerramiento de un prado la cual recubren profusamente de zarzas, hiedras y vegetales enmarañados en general. Con este artilugio se acercan a las mozas y estas, ante la sorpresa, se pinchan y enredan sus ropas. En el pasado, lo ostentaban por el puente que une Villanueva con Carrizo y al terminar esta festividad, cuando las mozas lo cruzaban para irse a sus casas, eran sorprendidas por este personaje. En ocasiones había dos cancillas, avanzando una por cada lado, acorralando a los viandantes en el centro del puente.

El Pellejo: cierra el festejo la irrupción de un ser grotesco, a veces demoníaco y malintencionado, otras jocoso y burlesco. Es un hombre envuelto totalmente por una piel de animal. Cuando irrumpe entre el gentío, generalmente al final del festejo, lo hace súbitamente y a la carrera. Su actuación no está sujeta a normas. Únicamente le frena una larga soga atada a su cintura que, con gran pericia, porta un conductor o guía, y lo hace a varios metros de distancia. No se trata de una imitación de oso o animal salvaje al uso, como se ha descrito en algunos carnavales norteños, porque tampoco se viste y comporta como tal. Si la calle por la que pasa tiene barro, pasa este a ser su arma arrojadiza, si cruza la calle una presa, no dudará en arrojarse a las aguas, no sin llevar una “víctima” entre sus brazos.
Suele vestir este atuendo un joven corpulento y ágil, con lo que unido a la gran talla del disfraz, contribuye a infundir más temor en el viandante. Es personaje muy polémico, hasta el punto de que en los años 40 del siglo veinte, nos cuentan que quien fue alcalde de Carrizo, prohibió de oficio los antruejos por el miedo que tenían sus hijas al Pellejo, abarcando esta prohibición al conjunto de otros personajes como los guirrios y los toros. Tan repentinamente como el Pellejo irrumpe, desaparece, y la identidad de quien lo viste permanece en al anonimato. Hay referencias a personajes similares a nuestro pellejo en otras culturas del continente europeo.

La Tarara: es un pelele o muñeco con forma de mujer andrajosa, a la que se le cantan canciones burlescas, satíricas y picantes. La baila un mozo con sus piernas. Ya ha quedado descrita a lo largo del presente trabajo.

Otros personajes: gitanos, curas, monjas, militares, madamos, otros “enzamarrados” con objetos de la más diversa índole. En el antruejo de Carrizo los vecinos hacían uso con profusión de ese tipo de atuendos para disfrazarse. Los madamos eran hombres vestidos de mujer. Otros que se disfrazaban o enzamarraban con cualquier objeto de uso cotidiano en una casa de labranza, vestían un disfraz no sujeto a cánones, e iban ensuciando a la gente con cernada, grasa de las ruedas de los carros y azulete de blanquear ropa. Lo común, y también lo más simpático y divertido, era el empleo de disfraces de sexo distinto al de su portador: varones vestidos de monja o gitana y mujeres de militar o de obispo.

Visita la sección de fotografías para ver cómo son los personajes.