Los actos festivos empiezan el sábado de Carnaval con la cuestación que hacen mozos y mozas, vestidos de “antruejos” y en la que también intervienen los Guirrios, pero sin Toros. Es recuerdo de la que siempre hicieron los quintos. En ella reciben generalmente algo de dinero, en lugar de los huevos, chorizo y torreznos que fueron tan tradicionales, por lo que se denominó este acto “pedir los torreznos”. También en algunas casas son obsequiados con algunos de los dulces tradicionales de la época (orejas, flores y frisuelos). Posteriormente, ya de noche, se hace la “cachiporrada”, ahora necesariamente cambiada por la estructura de las casas. Antiguamente las casas eran grandes, estaban siempre abiertas y la cocina, que era el lugar de reunión familiar por el frío reinante, solía estar al fondo de todo, por lo cual se oía mal, desde la calle. Así que, armados de cachiporras, hechas de juncos trenzados, iban casa por casa, golpeaban la puerta y penetraban un buen trozo, con el siguiente diálogo entre moradores y visitantes. Si había familiaridad entre visitantes y moradores, se penetraba hasta la cocina, donde se tomaba alguna cosilla. Si no, se seguía hasta la siguiente casa, pues esto se hacía el Domingo Gordo, una semana antes del de Antruejo. Su finalidad era anunciar la proximidad de la fiesta del Antruejo.

Si los de dentro no querían contestar, les echaban ceniza en la puerta o en el pasillo y le decían: - Si no quieres responder, mete un cuerno en el culo y aprieta bien.

Hoy, que ha pasado al sábado, sólo se llama a las puertas, ya siempre cerradas, y el diálogo se establece entre el interior y el exterior. Esta noche ya casi nadie duerme. Se suele reunir en torno a la hoguera que se enciende en la plaza, donde se bromea, se canta, se bebe y donde con tizones se mancha la cara de negro a todo el mundo, es lo que se denomina el “encisnao”. Antiguamente esta operación también se realizaba con unto o tocino de engrasar las ruedas de los carros o con corchos quemados y ceniza.

La noche ha sido larga. Por ello, el Domingo de Antruejo, el día grande de las fiestas, los actos empiezan después de comer. En el local de la Asociación y en las casas hay mucho movimiento. Todo el mundo ha sacado sus disfraces y empiezan a prepararse. Pronto empiezan a verse por las calles disfraces de lo más variopinto, desde máscaras de troncos ahuecados a cestas de mimbre rotas, pasando por cráneos secos de animales o pieles que tapan la cara. En torno a las cinco, comienza el desfile por las calles del pueblo. Lo encabezan mujeres mayores, las Madamas, ataviadas con el traje tradicional de la zona, caminan y bailan de vez en cuando al son de dulzainas, tamboriles y platillos; alguna lleva entre su toquilla resguardado un niño (muñeco). Le siguen los Guirrios, todos vestidos de blanco, con cencerros, con sus espectaculares abanicos multicolores. El ruido se intensifica entre el sonido de cencerros y la música.

Y aparece el enorme contraste de los Enanos de enormes cabezas y cuerpos mínimos y la pareja de estilizados Gigantes. A continuación, siempre una recreación de tareas domésticas o rurales, siembra, arada, siega, los hilandares, la elaboración de embutidos, con los jijos, la máquina con manivela, las tripas y los varales donde los cuelgan, todo sobre un escenario con ruedas o el carro de un buhonero. Después, les toca el turno a las máscaras zoomorfas, con los Toros de saco, siempre encubriendo mozalbetes, que no dejan de atacar a las mocitas de su edad. Y a la fantástica Gomia, esa especie de dragón con mandíbula batiente, que mueven en su seno varios muchachos. Y luego la imaginación hecha absurdo, locura o fantasía, con disfraces siempre reinventados con materiales del entorno y agitando carracas, matracas y matraculas; son los “antruejos”. Para darle olor a la fiesta, no falta el Incensador, que agita caldero donde arden paja, ajos, alguna suela y algún producto colorante. El espectador no puede ensimismarse demasiado, porque lo despertará El de las Tenazas, que esconde bajo su capa el atenazante utensilio.

Todos acaban en un barullo increíble de movimientos, sonidos y colores en la Plaza de la Veiga, donde al son de la música, bailan. De repente, cambia el ritmo de la música, y veloces aparecen cuatro o cinco parejas de Guirrios, agitando sus varas de mimbre y Toros blancos, abriéndose todo el espacio de la plaza, para que puedan divisar a sus víctimas, las mozas solteras. Pronto empiezan a caer en brazos de los Guirrios, que las sujetan por encima de la cintura y, con colaboración de ellas, las voltean por encima de los cuernos de los Toros, siempre cogiendo impulso con dos o tres saltitos y el movimiento de derecha a izquierda, de izquierda a derecha y, de nuevo, de derecha a izquierda, para completar el número mágico tres. En esta labor de búsqueda son ayudados por los chiquillos e, incluso, por las propias madres, que se las localizan entre los numerosos espectadores. Después de este primer ataque, igual que llegaron, desaparecen de la plaza, dejando de nuevo espacio al baile y al barullo. Los ataques por sorpresa y las retiradas veloces se repetirán hasta que todas las mozas solteras de la localidad hayan sido toreadas; son “las corridas del Toro”, en lenguaje popular.

Como acto final, y no menos sorprendente, es la exhibición de las parejas de Toros y Guirrios en la plaza. Como si fueran concursos de recortes, los Guirrios, con la colaboración de los Toros, harán cabriolas sorteando a los astados, con saltos, piruetas y volteretas, siendo las más espectaculares las que saltan por encima de los Toros. Habilidad, fuerza, destreza y compenetración entre Toro y Guirrio cierran el acto festivo, no sin que antes, despojados de sus máscaras y armazones, reciban el aplauso merecido de la numerosa concurrencia.

Bueno, aún queda por degustar el escabeche y vino, acompañado de los frisuelos, orejas y rosquillas del lugar, que las mujeres casadas han elaborado durante el día.

La noche del sábado es tradicional la realización de una hoguera en la plaza, donde se junta toda la juventud y la mayor parte de los vecinos del pueblo. En torno a ella se realiza el “encisnao”, o manchar la cara de negro a todo el mundo. De esta hoguera es de donde se nutrían los cubos de ceniza que al día siguiente se lanzaban contra la gente, acto ahora bastante suavizado.